Allá por el año 1986, " El nombre de la rosa" asaltó las pantallas de cine y nos enfrentó a una historia policíaca, ni más ni menos. El prota era un tal Guillermo de Basckerville y el malvado, Jorge de Burgos.
Bien, la película como tal era buena, los actores magníficos, la historia más o menos coherente y el mensaje claro. Frente a las paranoias y fanatismo del fraile español, (Jorge de Burgos no representaba a Borges como he leído en algún sitio), era el estereotipo que el autor de la novela y los guionistas de la película se ocupaban de mostrar como esa España cutre y profunda, fanática, incapaz de reflexión seria sobre las cosas y la historia. Por contra, el inglés aparece como el culmen de la lógica y de la inteligencia reflexiva siempre atento a los datos, a las observaciones, a las conclusiones a las que solo una mente abierta podía llevar, en contra de pronósticos y profecías fundadas en el miedo al maligno que, según la historia que nos cuenta don Umberto, ni existe, ni se le ve, por lo que finalmente tampoco el adversario del maligno, Nuestro Señor, solo habita en las mentes calenturientas del dogmatismo español representado por Jorge de Burgos, enemigo de la sonrisa, de la alegría, fustigador del furor hedonista que ahora mismo nos aflige y que en su momento era marca de la casa, Umberto Eco, reconocido gourmet y de profesión y de formación, semiólogo, sea esta cosa lo que sea.
Pero rodeando por los flancos esta historia detectivesca quedaba, al menos en el que esto escribe, el título de la novela y de la película: "el nombre de la rosa" y deambulando por libros y lo que de internet había y luego hubo con más fuerza apareció la antigua controversia entre universales y nominales que inauguró el proceso de duda, de rechazo a continuación y finalmente de abandono de toda idea trascendental que ha acabado por inundar nuestro mundo de datos, de medicina mecánica y tubular y nuestro pensamiento actual entregándonos al culto a las cigarras que han invadido finalmente el hormiguero y que ahora están destruyéndolo y consumiéndo lo poco que va quedando en su solo beneficio.
Y es que el nominalismo es la inmersión absoluta, el rechazo total y consciente a la píldora roja que se ofrece a Neo en la película "Matrix".
Platón y su mito de la caverna intuía o mejor sabía ya por entonces de la existencia de esa "Matrix" generadora de nuestra realidad, esa "Matrix" en la que programadores desconocidos generan códigos que dan lugar en nuestro mundo material, a rosas de diferentes colores y estructuras, todas ellas derivadas de un programa original en la "Matrix" que se va desenvolviendo en nuestro mundo en el que las rosas aparecen misteriosamente similares, extrañamente distintas y según los platónicos portadoras de esencias provenientes del exterior de la caverna que es nuestra "Matrix", de la que solo vemos sombras, gatos negros que a veces nos asaltan, como esos "ovnis" misteriosos que algunos afirman haber visto y que la mayoría de nosotros ni los hemos visto ni los veremos.
Aristóteles llevó un tanto la contraria a Platón y adujo que esa programación que daba lugar a las diferentes rosas no venía del exterior, no venía de los "Neo" programadores de la "Matrix", sino que estaba dentro de todas y cada una de las rosas que existen en el mundo como si su esenca constitutiva, común a todas ellas desencadenara su propia existencia por mecanismos que eran imposibles de conocer, pero que no convenía elucubrar acerca de ello: "Todo lo que tenemos en la mente ha pasado antes por el tamiz de los sentidos". Amén
Finalmente, la duda, la esperanza en el mundo superior de los programadores externos se vio truncada por la aparición de Guillermo de Okham, trasunto del Guillermo de Baskervile de la película y de la novela que afirmó con rotundidad que ante la visión de algún hecho o circunstancia que fuera más o menos misterioso había que optar por la solución más simple.
Ante la aparición del cuerpo del fraile debajo justamente de una puerta herméticamente cerrada, los platónicos concluyen que es obra del diablo, mientras que los nominalistas dicen que en realidad cayó unos cuantos metros más arriba y fue rebotando hasta quedar inmóvil debajo de la puerta cerrada, aduciendo para ello que era lo mismo que ocurría con una piedra que el monje detective e incrédulo se había ocupado de que rebotase desde el lugar en que el cuerpo cayó realmente hasta el que fue final de su recorrido. Aunque es extraño que un cuerpo humano repleto de aire, de líquidos, flexible acabe haciendo lo mismo que una piedra sólida y poco maleable.
Pero el nominalista ya ha encontrado la explicación. Ante todo lo que vemos en este mundo, ante todo lo que lo habita, el nominalista no se pregunta nada, solo atiende a lo que sus sentidos le muestran. Si ve una rosa, la arranca y la estudia a ella sola. De ella solo atiende al nombre. Es una rosa y ya está, no hay que buscar más allá de lo que vemos, palpamos, olemos...sentimos en definitiva. Nos recluimos en el mundo que podemos ver, tocar y nombrar.
¿Y los gatos negros? ... Se puede ver todavía en Youtube un programa de la Clave, presentado por José Luis Balbín y dedicado a las apariciones de Fátima. Entre partidarios de lo trascendente aparece por el contrario el profesor Gustavo Bueno, reconocido marxista y por tanto nominalista. Bastante agresivo, por cierto.
También estaba la ultrafeminista Lidia Falcón que más o menos, se preguntaba qué hacía ella allí. Muestra de desprecio hacia la figura de la Vírgen, madre absoluta en la fe católica. Nadie la obligaba a ir. Supongo que Balbín pagaba algo a los asistentes y por eso iría la señora Falcón.
Pero en fin, siguiendo con el nervioso profesor Bueno y ante el evidente gato negro surgido en Fátima y visto y registrado por los más intransigentes ateos y anticristianos asistentes, el profesor eludió la cuestión. Más o menos vino a admitir que el fenómeno se produjo, pero, ... "y qué..." acabó concluyendo que aquello era un triángulo de 181 grados que escapaba a la comprensión y que no tenía influencia alguna sobre el mundo material en que vivimos y que convenía eludir para que la percepción material y no trascendente de nuestro mundo siguiera adelante.
Y siguió, por cierto, con dos guerras mundiales, con Rusia presa de los errores que el gato negro, la extraña aparición de Fátima vaticinó, con la negativa del Papa de Roma ya caído indefectiblemente en el nominalismo filosófico, a consagrar Rusia a la Vírgen, cosa que hubiera sido sencilla y quizá viniendo del mundo de los universales, si estos existieran, también efectiva. Por el contrario, Guillermo de Basckerville, ya apoltronado y dueño del Vaticano, sonriente y petulante, admirado de su propia sabiduría y perspicacia, explicó la cuestión diciendo que el sol pareció bailar en aquel lugar ante setenta mil espectadores, pero que de todo ello solo podía concluirse que segúan algunos de ellos efectivamente algo parecido al sol bailó.
Ulteriores millones de muertos caídos en nombre del nominalismo filosófico nos contemplan.