Fue la llamada constitución del consenso. Un acuerdo entre los vencedores de la guerra civil que con el paso del tiempo se convirtieron en perdedores de la paz civil y los perdedores de la guerra que pasaron cuentas tardías al evento que dejó a España fuera de occidente.
Todo en el plano ideológico, puesto que los generales y soldados de uno y otro bando habían ya fallecido, como el propio Franco, o estaban mayores a las puertas de la muerte. Algunos quedaban y algunos retenían todavía algún poder que llevó a Tejero al Congreso unos años después.
Pero la suerte estaba ya echada, tal como lo vemos ahora. La presa era la España industrial y de pequeños propietarios de sus propias viviendas que creó el régimen económico del franquismo.
El turismo masivo, la reconversión de monumentos y castillos históricos en paradores, una magnífica idea de alguien en el poder fueron poniéndonos a todos en el disparadero de una nueva España dentro de la Europa que por entonces aparecía desarrollada y protegida por misiles y carros de combate norteamericanos.
La UCD echó a andar bajo la dirección de Adolfo Suárez y un batiburrillo de partidos políticos pobló el Congreso. Las instituciones de la constitución construyeron sus propios monumentos a la burocracia salvaje del nuevo régimen y pronto tuvimos noticia del tribunal constitucional un edificio ovoide y granulento que rezuma papeles y que al final se ha mostrado como un tribunal político. Es constitucional lo que el constitucional diga que lo es. ¿Y a quién obedece al presidente del TC? ¿Quién lo ha puesto ahí? Pues eso.
A España no la va a reconocer ni la madre que la parió. Brutal profecía de Alfonso Guerra que con el tiempo ha mostrado todo su valor. España ya no existe, al menos en la superficie de este tremendo iceberg sumergido en su mayor parte. Una España cuarteada, rota en autonomías sin sentido, en idiomas que nadie habla, en un español como lengua de comunicación universal que se utiliza para atacar precisamente el español. Un partido socialista en perenne lucha y guerra contra España, un PP ansioso de heredar el poder para regenerar algo en lo económico y dejar pasar la nueva religión de la destrucción nacional consolidando los avances hacia el abismo que ha conseguido ZP y su sucesor Sánchez.
Todos ellos bien pagados y en caso de problemas siempre estará la Republica Dominicana o Abu Dabi donde nuestro destructor nacional por antonomasia, Juan Carlos el infame, se refugia al calor de sus amigos y a cuenta de las anteriores comisiones cobradas.
Un sistémico ataque a lo español que viene de fuera, de donde siempre. Extraño terremoto en Venezuela que es como si los yankees hubieran lanzado un par de bombas nucleares en un país ya devastado por el bolivarianismo antihispano. Pronto avanzarán posiciones los USA y sus satélites masónicos Inglaterra y Francia. Y si no al tiempo.
El éxito del complot contra España y lo hispano está asegurado por los traidores de siempre. La señora Rodríguez que traicionó a Maduro que ahora reza a la Vírgen en alguna prisión del imperio contraataca. Los traidores en España, en Argentina, en México elevados ya a los altares del poder absoluto y del insulto permanente a la historia y a la verdad. El extraño viaje de un presidente argentino a España que parece una visita turística. ¿Visitará tal vez a algún rabino oculto, pero poderoso? ¿Qué hay debajo de todo esto? ¿Qué plan tiene el judío Miley para España? Por algo ha venido.
Sánchez no se irá. Tiene un plan organizado y propiciado por sus mentores. Sacará votantes socialistas debajo de las piedras marroquíes y africanas y entre los nietos de españoles americanos.
Todo es religión, y religión antigua. Fiesta de los corderos celebrando la increíble historia del viejo Abraham que primero era Abram cuando iba a sacrificar a su propio hijo a un dios extraño, invisible que solo él podía ver. Toda religión que viene del desierto, de las alucinaciones propias de una tribu errante que se ha diseminado por todos los centros de poder del mundo, es aceptada, venerada. Sin embargo, la religión de Jesús de Nazaret el hombre que tenía conciencia de ser Dios mismo, del Dios que se mostró al mundo entero sin tapujos, sin zarzas ardientes, sin esconderse en las cimas de montañas a la vista de solo un testigo más que dudoso. El Dios que no se esconde, que se muestra, al que vemos. El Dios que nos salva de este planeta, de esta vida que definitivamente es muerte. Ese Dios humilde y triunfante de la muerte, es reducido a la nada, a la inexistencia. La propia Iglesia Católica, ese resto del boato imperial romano que ha sobrevivido por su fe y compromiso con Jesús de Nazaret, ahora le da la espalda.
Sin fe, sin Jesús de Nazaret, España está muerta. Las procesiones devenidas en mero teatro para lucimiento de unos y otros, en ocio y espectacularidad para paseantes y familias sin otro que hacer, son ahora solo cultura según Moreno Bonilla que circula por Andalucía saltando entre charcos de sangre de corderos degollados, vete a saber cómo. Consumidos sin la preceptiva inspección sanitaria, porque las leyes, reglamentos, prohibiciones municipales en España solo se aplican a los españoles.
En fin. Todo es religión. Y si no lo creen vean al fantoche asesino confeso, Trump, rodeado de elementos sionistas que le imponen sus manos purulentas de sangre y crimen sobre los hombros y creyéndose el mesías prometido. Ha fracasado en Irán de la mano del judío Netanyahu y ahora extiende sus viscosos tentáculos sobre la América que creó España y la fe en Cristo. Obra de misioneros, de frailes que por encima de todo querían almas para Dios. Compárese con la conquista del Oeste que fue una invasión salvaje que solo quería territorio despejado de aborígenes a los que exterminaron sin perdón, sin piedad, borrachos de sangre como Clint Eastwood.
La verdad os hará libres. Bueno, veremos. De momento el asesino y mentiroso desde el principio triunfa. No obstante nosotros debemos seguir al perdedor, al aparente perdedor. ¿Qué mérito tiene seguir al triunfador?