Advertencia: No viaje en tren.
Una de las primeras acciones del gobierno, en este caso, del ministro de transportes ha sido buscar con ahínco un culpable.
Alguien se la va a cargar. Ya ocurrió con el descarrilamiento de Angrois, el maquinista del tren se la cargó.
Y aquí va a ocurrir algo parecido. Habrá un culpable que quizá no lo sea del todo, pero es seguro que hay un responsable último, el señor ministro de transportes. Después de decenas de muertos el ministro debería dimitir. Es lo suyo, como diría cualquiera en otro cualquiera país medianamente sensato.
Sin embargo las causas profundas seguirán carcomiendo el sistema ferroviario español desde los cimientos del mismo.
En primer lugar, la Alta Velocidad nos viene grande, muy grande. Recuerdo tiempos pasados en los que cualquier reyezuelo autonómico, cualquier alcalde de cualquier localidad perdida en el mapa español, pedía, exigía, amenazaba al gobierno de turno para que la Alta Velocidad pasara y parara en estaciones y apeaderos de tercera.
España es uno de los países con más kilómetros de Alta Velocidad de Europa. Probablemente el que más kilómetros ha construido para estos trenes.
Pero todo depende de decisiones económicas. Sostener la Alta Velocidad no parece prioritario para este gobierno y en consecuencia la posibilidad del accidente sobrevuela los viajes en tren.
España dedica el presupuesto a sostener un entramado funcionarial exagerado, ineficiente y además inútil en su mayor parte. Desde la explosión informática todas las empresas han visto reducir la parte burocrática que antes requería miles de trabajadores para la confección de nóminas, gestión de almacenes y otros departamentos que conformaban esa parte del entramado empresarial de trabajadores pulcros, traje y corbata, cuello blanco frente a los trabajadores de cuello azul.
La empresa institucional, sin embargo, ha crecido en número de funcionarios en proporción inversa a la necesidad de los mismos. Algo tienen que hacer y el repugnante, inútil, insoportable estamento político expandido en España hasta lo estratosférico les proporciona carne para consumir en forma de leyes, decretos, formularios de desarrollo, todos ellos siempre atentos a la publicidad televisiva. Si una mujer tropieza con un adoquín frente a un establecimiento comercial, de inmediato el gobierno tramita un ley para asegurar que los adoquines están bien colocados, una orden municipal para lo mismo, un reglamento de aplicación y un ministerio de colocación de adoquines con miles de funcionarios vigilantes y equipos de intervención inmediata.
El otro capítulo de gasto impresionante en España es el de la salud. Hospitales por todas partes, edificios ciclópeos que pueden competir con las más grandes pirámides de Egipto. Somos un país de enfermos. A pesar de todo, el Covid mató miles de españoles, sin que hasta el momento sepamos cuántos ni qué es exactamente esa enfermedad.
También gastamos en el acogimiento de cientos de miles, millones acumulados por nuestra democracia, de invasores enviados por nuestros enemigos tradicionales y acogidos por nuestros traidores de siempre. Afrancesados y anglófilos a partes iguales todos además complementados por el comunismo irredento patrio.
En esas codiciones y otras que se nos pueden ocurrir, mantener la Alta Velocidad actual en España es imposible. Hace unos años la publicidad en televisión advertía con la voz de un niño:"papá ven en tren". Ahora, hace un día al periodista Nacho Abad totalmente sobrepasado por la tragedia le llama su hijo y le dice: "papá no vengas en tren ". El periodista se echa a llorar. Todos nos echamos a llorar viendo a esta pobre nación arrasada y destruía por un PSOE absolutamente criminal. Y la pesadilla, la caída de España entera a los infiernos va a continuar.
Una cuestión más. Dice Puente que la liberalización de las compañías de trenes para que presten servicio en España ha sido un error. De acuerdo. Un error que viene del año 2021, es decir, con Sánchez en el poder.
Y les diré por qué la liberalización no solo de las compañías ferroviarias que circulan por ese camino de cabras en que se ha convertido la red de vías estrechas de alta velocidad, la liberalización de nuestra economía en general nos está llevando al desastre. Está consumiendo como las termitas devoran una casa de madera, la España que heredó el emérito y recogió la constitución del 78.
Acerca de esta manida palabra, liberalización, recuerdo a un ingeniero retirado profesor en la escuela nocturna que preguntó a los alumnos: "¿Con qué grado de calidad creen ustedes que una fábrica debe elaborar sus productos que luego va a vender en el mercado?".
"La calidad debe ser la más alta posible, los productos deber elaborarse para satisfacer al comprador y deben efectuar su servicio durante el mayor número de años", respondieron todos.
"Error". Según el profesor la calidad debe ser la peor posible, pero que sirva para venderse. "La calidad es cara". Concluyó.
Las vías deberían haber aguantado hasta después de las elecciones, pero algo ha fallado.
¿Recuerdan que no hace demasiado tiempo se puso de moda el sello que acreditaba el certificado de calidad?
No había tal calidad, simplemente era el aterrizaje en la empresa privada de un sistema de control que la convertía en algo parecido a un instituto funcionarial. Formularios a completar, de tal forma que la compra de una escoba necesitaba tres, cuatro o cinco procesos de solicitud, estudio previo, autorización previa y decisión final del jefe de la sección que a su vez debía entonces rellenar el protocolario formulario y fotocopiarlo por triplicado o cuadruplicado para distriburirlo en los departamentos correspondientes. Un error y un horror. Digo esto porque se supone que un tinglado como el del ferrocarril tendrá innumerables certificados de calidad emitidos por esas asociaciones empresariales y de normas de control de productos diversos.
En definitiva España profundiza en el desastre que comenzó con la elección del ahora emérito dedicado en cuerpo y alma al salto de cama y a recaudación de la comisión correspondiente.
Y la constitución que en sucesivas fases, y de paso recuerdo alguna, lleva a la demolición de España entre el jolgorio de Broncano y parecidos.
Demolición industrial.
Destrucción financiera.
Destrucción de la familia tradicional, excepto la de ellos. Véase a Zapatero, señora e hijos.
Destrucción religiosa.
Destrucción del sector de la construcción.
Destrucción del sector agrícola.
Entrega de partes de España a Marruecos, a Estados Unidos, A Inglaterra, A Europa en general.
Y ahora estamos ante el asalto final. España puede desaparecer en un breve espacio de tiempo.