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¿Qué es lo que ha cambiado? Uno que ya ha cumplido muchos años,
echa la vista atrás y recuerda. Recuerda cómo eran las cosas por
aquel entonces. No había ya necesidades absolutas. El hambre había
quedado atrás y nosotros los que ahora somos viejos, no conocimos
aquellos años de posguerra. La vida parecía encaminarse por
senderos bien definidos. La educación enseñaba lo básico. Leer,
escribir, operaciones matemáticas. Todo ello resumido en libros que
tenían el pomposo nombre de enciclopedias. Enciclopedias de primer,
segundo, tercer grado… tremendamente grande esta última. El libro,
el maestro, boli y cuaderno. Poco más. Las chicas por un lado y los
chicos por otro. Esta separación acentuaba el misterio por lo
femenino, por el sexo. Y el sexo quedaba relegado al conocimiento de
la chica en cuestión. Noviazgos interminables precedían al
matrimonio y el matrimonio era un proyecto para toda una vida.
Entre una cosa y otra, hijos, nietos y sin darte cuenta te ponían
frente al capítulo final en agradables reuniones familiares de fin
de semana, de fin de año.
Si aquello era mejor
o peor queda a la valoración personal de cada uno. Pero sí es
cierto que todo eso ha cambiado. El sistema antiguo ha ido
corroyéndose paulatinamente. Y a eso quería llegar. A la corrosión
de un sistema, de un modo de vida. Y en ello en esa oxidación que ha
ido debilitando los pilares de hierro, acero, incluso hormigón
armado sobre los que se asentaba aquella sociedad que ahora me parece
tan lejana, ha tenido mucho que ver eso que llamamos cultura y
fundamentalmente la cultura visual.
La muestra de acontecimientos
entresacados del inmenso bosque de la vida y enseñados luego a
través de ese artefacto orweliano que conocemos por tele. Y antes,
pero por muy poco, la proyección en pantalla gigante de historias,
también entresacadas y deformadas a través de rostros desmesurados
y hombres y mujeres parecidos a los gigantes de las fiestas
populares, cuyas imágenes entraban por los ojos y permanecían
asentadas en la mente de los ingenuos espectadores durante semanas o
meses, probablemente incluso durante años. Los efectos que semejante
invento de carácter absolutamente hipnótico han tenido sobre el
cerebro de millones de personas son difícilmente evaluables. Pero si
nosotros fuimos la primera generación asaltada por el cine, un
entretenimiento que induce a la pasividad absoluta, dejamos detrás
las nuevas generaciones totalmente inmersas en esa cultura de la imagen, de la
historia inventada, de los superhombres y supermujeres, de vampiros y
hombres lobo, de asesinos a los que llaman “en serie” que no son
otra cosa que asesinos que han probado la sangre y se ha convertido
en droga dura para ellos.
Y, no solo el cine, la literatura, la
pintura, la arquitectura, todo ha degenerado en un disparate de
formas sin sentido, de creaciones sin lógica, de devaneos alrededor
de uno mismo pomposamente llamado creador, que han compuesto un mundo
incomprensible que exige al espectador atención y esfuerzo neuronal
que evidentemente no lleva, porque no puede hacerlo, a nada, ante
las figuras deformadas de un Picasso, para que el museo le acredite
como persona culta. No hay nada que comprender, por supuesto, se
trata de un postureo, de una “perfomance”, de una representación
actoral. Tú haces como que disfrutas viendo esta mierda y yo hago
como que te reconozco como miembro de la élite cultural y social
del momento. Super Mario pasa de nivel.
Pero ahora, corroído
el sistema hasta sus cimientos, la sociedad se desploma ante el empuje de eso que
llaman coronavirus. Todo nuestro mundo, a no mucho tardar, terminará pasando a la historia una vez
cumplida la exacta función para la que sus instigadores (que no
creadores) lo impulsaron.
Si al lector le
parece puede seguir leyendo en próximos “posts” algunas de la
heterodoxas ideas que me han ido surgiendo a la vista de algunas
películas, novelas y similares.