Sería prolijo, difícil entender el comienzo del derrumbe. El poder femenino impulsado por el feminismo radical comienza a hacerse patente en los años ochenta. Las mujeres acceden al trabajo por cuenta ajena. Entran en fábricas y comercios para conseguir no tanto independencia financiera como un segundo salario que complementara al del marido. Como digo no importa tanto el comienzo como el resultado actual.
La mujer tiene el poder. No hay más que mirar la composición del gobierno, del congreso, del senado. El número de alcaldesas y de presidentas de comunidad autónoma. También la apisonadora femenina en la sanidad pública y privada. En las diferentes policías y en el ejército. Todo es mujer. Todo es poder absoluto femenino. Los varones cada vez más escasos en estas profesiones son, además, furiosamente profeministas y en constante peligro de ser tachados de machistas lo que supone un serio contratiempo para cualquier carrera ascendente en un tinglado funcionarial, sea el que sea.
Esto es evidente, pero las consecuencias de esta situación se pasan por alto.
El cincuenta por ciento de la población occidental queda fuera de cualquier consideración. El varón queda relegado a oficios de segunda categoría social y siempre bajo la publicidad de tales oficios a cargo de mujeres. Si un taller mecánico quiere publicitarse contratará a una mujer para presentarse como taller igualitario y profeminista. Fábricas de electrodomésticos, de coches, de servicios recurrirán sobre todo a mujeres para su publicidad y posicionamiento a favor de la igualdad que es desigualdad en favor de la mujer.
Los equipos de fútbol tendrán, quiéranlo o no, que tener su propia división femenina. Los documentales sobre actividades agrícolas, de españoles y españolas por el mundo, de emprendimiento y triunfo tendrán un tratamiento especial para la mujer. El sistema de información, televisivo en general, está conformado por una mayoría de mujeres presentadoras y otra avalancha de empoderadas desplazadas por toda España para las noticias relevantes.
En definitiva, el varón en general está en esta España y en el occidente cultural, relegado a trabajos y servicios de segunda o tercera categoría. El resultado es de una profunda depresión masculina, disimulada entre los varones, por los triunfadores en el deporte y los escasos que todavía quedan en puestos importantes y respetados de la estructura social.
Dígase lo que se diga, los varones ya no servimos para nada. Las consecuencias se verán en el futuro.
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