Francia arde. ¿Arde París?, la fomosa novela de Dominique Lapierre y Larry Collins. La pregunta que se atribuye a Hitler al teniente general alemán Von Choltitz que se negó a cumplir la orden de destrucción de todos los puentes y monumentos parisinos.
Después de todo y a pesar del salvajismo implícito en cualquier guerra quedaba algo de ese espíritu común europeo que tenía su orígen en Roma. Cierta conciencia de pertenecer a algo que había sido grande, algo que había permitido a las tribus bárbaras de un continente sumido en la barbarie, cambiar hacia un modelo basado en el derecho y gracias al cristianismo, también en el respeto al ser humano.
Pero ahora los bárbaros están dentro del imperio. Han sido importados, traídos por nuestros propios traidores. Desde Alemania hasta España.
Acordémonos de la señora Merkel, esa mujer a la que tanto Helmut Kohl como Trump le negaron el saludo. Esa mujer que arremetió con furia dantesca contra Grecia, la cuna de nuestra cultura europea luego asentada en Roma. Grecia a la que sumió en la pobreza absoluta, en la destrucción de generaciones enteras. La misma Merkel que abrió las puertas a un millón de turcos que se sumaron a los millones que ya estaban. Violaciones en masa sufridas por las ingenuas alemanas que celebraban la navidad. Una invasión como la de Ceuta, exactamente la misma. Puertas abiertas a los bárbaros turcos, puertas abiertas a los bárbaros musulmanes. Lo mismo exactamente. Lluvía ácida a los griegos y españoles y golosinas y banderines de colores a los musulmanes turcos.
Todo en virtud de la nueva religión satánica. Del buenismo falso y traidor que nos lleva a la guerra abierta.
Mientras arde París, su peculiar presidente casado con una anciana, juega a declarar la guerra a Rusia.
Lo mismo en España, mientras los moros nos declaran la guerra, nuestros ejércitos están desplegados contra Rusia. Increíble, pero cierto.
¿Quién puede somerternos, a nosotros y a toda Europa a semejante visión estrábica acerca de lo que estamos viendo? ¿Quién tiene el poder de incendiar Europa de norte a sur para que sus propias acciones pasen desapercibidas?
¿Quién está dejando Gaza como un solar para próximas construcciones residenciales? ¿Quién está empeñado en destruir Irán al precio que sea?
¿Quién tiene sometidos a los medios de comunicación de occidente para que el asesinato del general Soleimani en su momento y sin guerra de por medio, se aceptase como algo justo?
¿Cómo es posible que no se nos caiga la cara de vergüenza ante lo que está sucediendo desde el atentado a las torres gemelas?
¿Cuántos muertos ha causado la intervención sistemática de Estados Unidos en Afganistán (Bin Laden no estuvo nunca en Afganistán), en Irak, en Siria, en Libia?
Nadie dice nada. Nadie hace nada. Esas Naciones Unidas amordazadas por Israel a través de su perro de presa, falso vencedor de la segunda guerra mundial, deberían nombrar un comité investigador de los muertos, heridos, reducidos a la miseria de esos pueblos que tienen o tenían la desgracia de encontrarse cerca de Israel.
Caminamos hacia el exterminio. No debemos preguntarnos por qué Dios permite el mal en el mundo. El mal somos nosotros.
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