Leo los digitales al levantarme. Noticias sobre guerras, marroquíes que compran casas en España con extraña por desconocida financiación. Noticias sobre el gobierno y la oposición. Koldo y Ábalos. Jueces y UCO, barrunto de financiación ilegal del PSOE que se diluye hábilmente mediante un nuevo juicio sobre el asunto GURTEl. Todo preocupante, pero lo más siniestro son las noticias de sociedad.
Boda de la hija de Banderas, boda de la hija o del hijo de Carlos Herrera con su novia embarazada de cinco meses.
Esa es la auténtica revolución que se nos viene encima. Una parte de la sociedad española y también occidental por encima del común, del populacho al que se le entretiene con cánceres de mana, sufrimientos de enfermos, viajes del IMSERSO y cosas semejantes, mientras la élite emergente de miembros de partidos políticos prestos a embolsarse suculentas mordidas, y la otra élite de aristócratas todos parecidos, envueltos en uniformes relumbrantes, en vestidos de novia con firma de modistos homosexuales, se pasean inmunes al desastre que padece el pueblo llano español.
A las élites españolas y europeas asentadas en lo alto de la pirámide social, a los advenedizos sin escrúpulos que suben como zombies en el asalto al muro que protege a los que siempre están arriba, el pueblo llano, ese al que entretienen y engañan con la Revuelta o el Hormiguero, con los padecimientos de Mbapé y los excesos de Yamal, el pueblo silente, el pueblo enfermo en cola permanente de ambulatorios que no atienden, en manifestaciones por la sanidad pública que solo benefician a los funcionarios colocados e inútiles detrás de pantallas de ordenador. A ese pueblo, a nosotros que somos mayoría y por tanto débiles nos entregan atados de pies y manos a la morisma invasora. A los africanos de mirada turbia y pensamientos oscuros como la noche. Nos traicionan y nos venden, nos expropian y nos dejan a la intemperie.
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