Ahora que el nombre “Pegasus” vuelve a los periódicos por
denuncias del presidente catalán conviene hacer algunas reflexiones
sobre su significado, sobre todo para España.
Antes de otra cosa
es importante analizar y comprender el término “hispano” y sus
derivadas tales como “hispanista” e “hispanofobia”. No existe
otro país en el mundo cuya historia la relaten, en cuanto al
conocimiento general de los ciudadanos corrientes, extranjeros tal
como ocurre en España. El hispanista es, en resumen, un presunto
historiador inglés que habla mal de España y al que se respeta, se
le publica y publicita por nuestras más importantes editoriales e
incluso se le paga con cargo al presupuesto español.
A modo de ejemplo
tenemos la reciente “tournée” de Henry Kamen aclarándonos que
esa historia de la “leyenda negra” es mentira. Dicho de otra
forma, habría que concluir que todos los males que se le atribuyen a
España son ciertos. La malvadísima Inquisición, las torturas con
las que esta institución extraía confesiones a los reos para luego
ajusticiarlos en la hoguera, son hechos ciertos e históricamente
verificables, según Kamen. También es cierto, según el inglés, el
genocidio. Todo lo malo que se pueda decir de España es cierto. Lo
dice un hispanista y ahí queda como mandamiento de obligado
acatamiento.
Sobre esta cuestión,
es decir, sobre la llamada Conquista española de América o el
Descubrimiento Kamen publicó hace algunos años un ensayo, o novela,
o lo que fuera que tenía por título “Imperio”. Kamen, no
recuerdo si en la misma portada o como introducción al libro se
preguntaba a modo de “tesis” . ¿Cómo fue posible que un país
escasamente poblado de unos doce millones de habitantes, pobre hasta
el hambre pudiese crear el llamado Imperio español?
“Traduzco: ¿Cómo
fue posible que un país de mierda como la España del siglo XVI
pudiese conquistar y dominar el conocido como Imperio español?”
Y el respetado
hispanista se responde a sí mismo: “no pudo. En la creación y
expansión del Imperio participaron alemanes, italianos y también
catalanes que pertenecían al Imperio europeo de aquel tiempo
comandado por Carlos V de Alemania”.
Kamen entendía,
creo recordar, que el tal imperio europeo era por analogía la UE de
aquellos tiempos. Por tanto ningún mérito tuvo España. El
historiador destacaba ya por entonces la aportación catalana a la
conquista incidiendo en esa herida separatista y sangrante por la que
España se está disolviendo en la actualidad.
La tesis podía ser
desagradable para muchos españoles, pero tenía, o debería tener su
parte positiva. El famoso genocidio quedaría así repartido a partes
proporcionales entre los protagonistas principales de la aventura
americana, alemanes, italianos, catalanes, etc. miembros de la UE del
siglo XVI…, pero no. Llegados a esta etapa de la historia y según
Kamen, para el genocidio solo quedaban españoles. En las historias
de las enfermedades llevadas por los conquistadores, en las masacres
cometidas contra los indígenas, desaparecían los europeos y solo
quedaban miserables españoles. El libro fue a la basura. Pero Kamen
sigue divulgando nuestra propia historia con la debida publicidad
nacional.
Viene esto a cuento
de un concepto que para comprender el recorrido del famoso “Pegasus”
tenemos que tener muy en cuenta. Se trata de la percepción. En
general tenemos una imagen de nosotros mismos positiva. Y también en
general tal imagen contrasta, a peor, con la que los otros ven en
nosotros.
La percepción es
toda una especialidad dentro de la psicología y en orden a este
artículo se refiere exclusivamente a cómo somos percibidos por
otros países y por nosotros mismos. Durante estos últimos años y
dentro del sistema constitucional nos percibimos como ciudadanos de
primer nivel. Miembros importantes de las más variadas instituciones
europeas . También nos ubicamos entre los países más ricos del
mundo y creemos ser respetados y queridos por todos los países y
ciudadanos occidentales y de otras culturas. Entendemos que por fin y
dejando atrás nuestra truculenta historia hemos encontrado nuestro
sitio en Europa y en el mundo.
Pero si hay alguna
palabra que define la imagen que los otros tienen de España y
describe esa percepción es “hispanofobia”. Las fobias son miedos
irracionales, pero en los tiempos actuales se refieren más bien a
odios irracionales. La homofobia está penada (odio a los
homosexuales), la islamofobia y otros términos similares están
dentro del catálogo de odios no admitidos por la sociedad actual
occidental y políticamente correcta. Pero la hispanofobia se respeta
y corre a sus anchas por todo el orbe antes cristiano. Ya tenemos
varios países “hispanos de América” conocidos como
latinoamericanos para eludir lo que de español pudiera haber en
ellos, cuyos presidentes y gobiernos son oficialmente hispanófobos:
México, Venezuela, Perú, Bolivia. Colombia es el último llegado al
club. Todos aborrecen la obra española en América. La hispanofobia
galopante del presidente mexicano exige que España pida perdón por
la conquista, descubrimiento, encuentro entre culturas según el PSOE
de los años 90, o el encontronazo según los críticos de esos
mismos años.
Además tenemos una
España cuya ideología preponderante es también la hispanofobia. El
odio a España y a lo español se ha extendido de tal manera que solo
asoman tímidas banderitas españolas entre las verduzcas andaluzas
que enarbolan simpatizantes del PP, Vox y poco más en las últimas
elecciones andaluzas.
El hecho diferencial
prevalece sobre lo común y el término español se disuelve en el
más tolerable “constitucionalista”; olvidando que constitucional
es lo que el Tribunal Constitucional dice que lo es. Perdón por el
batiburrillo expresivo, pero me remito a las sentencias de tal Alto
Tribunal y a los intentos del gobierno actual por ponerlo ya,
definitivamente, al servicio de la hispanofobia nacional.
Y si en el ámbito
cultural español la hispanofobia se ha asentado para quedarse, no
digo nada de las ideas que sobre nosotros corren por los países del
entorno y, sobre todo por Norteamérica. Singularmente por Canadá y
USA que son nuestros presuntos aliados en la OTAN.
Y así llegamos a
Pegasus. Pegasus es un “malware”, un virus informático, una
especie de caballo de Troya digital que una vez introducido en un
teléfono u ordenador personal, hoy en día todos los teléfonos
móviles son ordenadores personales, espía, capta y envía
información al creador del “malware” que lo aprovecha para su
fines propios. Pegasus sería pues un programa delictivo que
curiosamente ha creado una empresa israelí que lo vende a gobiernos
supuestamente amigos para que luchen contra el terrorismo. Siendo
Israel el país donde más cerebros superdotados existen por
centímetro cuadrado no hay que ser muy inteligente para suponer que
detrás de esta empresa está el servicio secreto más eficiente del
mundo. El mossad. Pero hay que reconocer, como digo, la
extraordinaria diferencia en inteligencia que existe entre el Israel
actual y los países circundantes incluyendo entre ellos esta España
en disolución que soporta asaltos a la valla un día sí y otro
también. La empresa en cuestión facilita el famoso programa a
supuestos países aliados y cualquiera con dos dedos de frente tiene
que llegar a la conclusión de que el programa, de paso y como quién
no quiere la cosa, informará de todo lo que circule por los móviles
del adquirente al reputado mossad. El triple salto mortal está en
que los supuestos luchadores contra el terrorismo, ingenuos
adquirentes de su propio caballo de Troya digital, pagan, nada menos
que del orden de seis millones de dólares por semejante programa
incluyendo la atención al cliente y varios años de garantía, se
supone.
El CNI parece que
adquirió el programa en cuestión. Y también los servicios secretos
de Marruecos.
El CNI espiaba a los
independentistas catalanes y Marruecos espiaba al gobierno español.
De rebote es de suponer que el mossad, tal como dijo en su momento
Montoro ministro de hacienda de Rajoy, lo sabe todo de todos.
Y nos vamos a
Canadá. Un gran país, (por su extensión) afectado por esa
enfermedad incurable de la hispanofobia. Canadá tiene su propia
historia de exterminio y reclusión en reservas de las etnias
indígenas, pero ahora lo olvida, desplaza su culpa reprimida y mira
con odio, con fobia a esta pobre España que se derrite al calor del
cambio climático. Canadá en su conjunto odia a España y acoge una
institución vinculada a una universidad que responde al nombre de
“Citizen Lab” y que está muy preocupada por los derechos
humanos. En esta institución trabajan destacados catalanes
relacionados con el famoso “referendum”. Total que tal
institución recibe la información de que los independentistas
catalanes están siendo espiados por ese país genocida y destructor
de culturas indígenas que es España. Se impone el aviso para que
los catalanes no sufran la acometida del ejército español al modo
en que Ucrania ha sufrido el asalto ruso. La cuestión es que esta
institución canadiense no informa directamente (ni parece claro el
modo en que ha obtenido dicha información. Parece más bien una
operación política) de sus hallazgos sino que utiliza nada menos
que a Ronan Farrow para alertar a Aragonés y compañía.
Ronan es hijo de
Wody Allen, al menos hijo legal. Ronan es periodista, abomina de su
padre y ha informado de abusos sexuales contra mujeres a cargo de
Harvy Wernstein. Puesto en alerta roja, Ronan que es demócrata y
tiene bien aprendido el concepto de hispanofobia, se da prisa en
publicar la noticia de que la malvada España espía, vete a saber
con qué propósito, a la sojuzgada Cataluña.
Pero no termina ahí
el escándalo, sino que nuestro presidente ante el follón catalán
con amenaza de retirada del apoyo parlamentario, informa todo el
mundo de que él también está siendo espiado y... se llega a la
conclusión posterior, por la cosa del Sáhara, chantajeado,
exactamente igual que los catalanes. De alguna forma, el presidente
del gobierno español les dice a los espiados que él está a su
lado, comparte su programa u hoja de ruta y que si no hace más es
porque a él mismo le espían fuerzas oscuras que le impiden avanzar
en la revolución iniciada que consiste básicamente en la definitiva
disolución de esta nación de naciones, según el nuevo portavoz o
secretario, o lo que sea del PP.
En todo este
embrollo las preguntas lógicas y algunas respuestas, no todas, son:
- ¿Quién ha dado
la orden de comprar Pegasus?
- ¿Quién ha dado
la orden de espiar a los separatistas catalanes?
- ¿Como es posible
que el presidente del gobierno haya sido espiado utilizando este
mismo programa?
- ¿Por qué el
presidente del gobierno no dice nada de que está siendo espiado
(esto tiene sentido. No es conveniente informar al enemigo de que has
descubierto el micrófono oculto), y ante la furia catalana se
descubre a sí mismo como víctima del espionaje? La respuesta a esta
pregunta debe ser porque necesita el apoyo parlamentario separatista.
- ¿Quién espía al
gobierno? Esto es más complicado. Muchos analistas apuntan a
Marruecos.
-¿Quién informa a
la institución canadiense del espionaje y por qué lo hace? El quién
no lo sabemos. La respuesta obvia a la segunda pregunta debe ser que
el informante en cuestión quiere que el proceso de independencia
catalán siga vivo y tenga posibilidades de éxito. Por otro lado
esta cuestión catalana debilita tremendamente la posición española
para beneficio de algunos de nuestros vecinos.
-¿Por qué se le
facilita dicha información a Ronan Farrow? Quizá porque siendo este
joven demócrata convencido, es decir, progresista a ultranza cree en
la maldad intrínseca del imperio español americano. Padece
“hispanofobia” y desea por tanto la libertad de Cataluña. En su
mente y en la mente de mchos norteamericanos y centroeuropeos la
causa catalana se convierte en una heroica lucha por la libertad.